2.3.09

La aventura de los Diez mil

La Expedición de los Diez Mil fue una campaña formada por contingentes de mercenarios griegos reclutados por Ciro el Joven, durante su revuelta contra su hermano mayor, el soberano aqueménida Artajerjes II Memnón. La expedición es relatada por Jenofonte, que formó parte de ella, en su obra la Anábasis.

Tras la muerte de Darío II, rey de Persia, en 404 a. C., Artajerjes II, su hijo, subió al trono. Su hermano pequeño, Ciro el Joven, conspiró para conseguir la corona, pero fue denunciado por el sátrapa Tisafernes. Protegido por su madre Parisatis, fue restablecido en su mando de Sardes. Allí, utilizó a sus anfitriones para reclutar un ejército de mercenarios griegos. No fue muy difícil, ya que numerosos hoplitas se encontraban desmovilizados a finales de la Guerra del Peloponeso. Además, Ciro recibió bajo mano la ayuda de Esparta. De hecho, solicitó específicamente recurrir a los peloponesios, reputados por su valentía, y a los que él mismo había socorrido a lo largo de la guerra, pero si bien Esparta no quiso implicarse abiertamente en la campaña, permitió que muchos de sus soldados, veteranos de la Guerra del Peloponeso, se alistaran libremente como mercenarios. Clearco, el ex gobernador espartano de Bizancio, desterrado de la patria por rebelión, asumió el mando de las tropas espartanas y por ende del resto de los mercenarios griegos.

Ciro reunió a su ejército, compuesto por tropas griegas y persas, en la ciudad de Sardes (Asia Menor). El contingente de mercenarios griegos estaba formado por 10.000 hoplitas y 2.000 mil peltastas (Jenofonte Anábasis 1.2.9). Ciro ocultó, al principio, el objetivo de su expedición: les anunció que quería someter la región rebelde de Pisidia. Una vez que el ejército sorteó esta región y llegó a los límites del Éufrates, no pudo seguir ocultando la verdad: los soldados se indignaron al principio, pero se apaciguaron por la promesa de generosas pagas.

En la Batalla de Cunaxa (401 a. C.), las tropas de Ciro se enfrentaron a las de Artajerjes. Los mercenarios griegos formaron la falange en el ala derecha y derrotaron fácilmente al flanco izquierdo del ejército persa, pero Ciro, tras encabezar un ataque directo con su caballería contra la posición donde se encontraba su hermano Artajerjes, encontró la muerte. Tras perder a su líder, las tropas persas de Ciro comenzaron a huir y a rendirse en masa. Los victoriosos griegos se encontraron solos y aislados en el inmenso Imperio Persa.

El ejército griego concluyó primero una tregua con Artajerjes, que no quería arriesgarse a perder más hombres a manos de simples mercenarios. Acompañados por las tropas del sátrapa Tisafernes, los helenos dieron media vuelta hasta las orillas del Tigris. Allí, Tisafernes recibió en su campamento a los comandantes griegos encabezados por Clearco para concluir las condiciónes del acuerdo, pero les tendió una trampa y los masacró sin piedad, dejando de un plumazo a los Diez mil sin sus líderes. Los soldados presionaron entonces al joven Jenofonte para acaudillar la retaguardia y llevar a cabo la retirada.

Atravesaron primero el desierto de Siria, Babilonia, después la Armenia nevada, para regresar a su patria. Al final, después de varios meses de marcha y de numerosos enfrentamientos con los pueblos de los territorios que cruzaban, llegaron al Mar Negro en Trapezunte. Fue el famoso momento del grito «¡θάλασσα! ¡θάλασσα!, ¡Thalassa! ¡Thalassa!» («¡El mar! ¡El mar!)» relatado por Jenofonte en su Anábasis.[1] Les quedaban aún 1.000 km por recorrer.

Sin embargo, los griegos no se habían librado: les hacía falta barcos. Quirísofo, estratego comandante en jefe, partió a Bizancio para conseguirlos, mientras los griegos reemprendían la marcha en dirección a Paflagonia. Las ciudades griegas del litoral, en lugar de acogerles, les mantuvieron a distancia, por miedo a posibles pillajes —es cierto que la mayoría de los griegos rechazaron volver a su hogar sin botín-. La rebelión brotó en las filas, y los arcadios y aqueos acabaron por hacer secesión. El ejército estuvo a punto de ceder al pánico cuando se propagó el rumor de que Jenofonte deseaba ir a fundar una colonia en Asia. Lo refutó ante el ejército constituido en asamblea.

Abandonados por los espartanos, en adelante aliados de los persas, los griegos se alquilaron entonces a un dinasta tracio. En el 400 a. C., se negó a pagarles. Un general espartano, Tibrón, les contrató para luchar contra los sátrapas Tisafernes y Farnabazo I, quienes tiranizaban las ciudades griegas de Jonia. Los Diez mil, que entonces no eran mucho más de 5000, marcharon a Lámpsaco, después a Pérgamo, donde Jenofonte cedió el mando a Tibrón.

El periplo del contingente griego a través el Imperio Persa sorprendió, con razón, a los contemporáneos de Jenofonte. Era la primera vez que un grupo de griegos llegaba a escaparse del «corazón de las tinieblas» de un imperio hasta entonces inviolado. La expedición de los griegos demostró que dicho imperio, que había invadido dos veces a Grecia durante las Guerras Médicas, no era quizás, al fin y al cabo, tan temible.

Una pequeña tropa de mercenarios -aguerridos, desde luego, y determinados- logró lo inimaginable: escapar de la venganza de Artajerjes y de sus ejércitos en el corazón mismo de su reino. Su éxito, además de demostrar la innegable superioridad militar de los griegos sobre los persas, demostró que era posible una expedición a las tierras del Gran Rey. Esta lección será recordada por los macedonios.